El sol es el primero que abandona la ciudad e inicia una procesión que poco a poco va vaciando las calles y canales de Venecia. Es un desfile que, poco a poco, va dejando aparecer a la verdadera Serenissima.
Una Venecia, silenciosa y plácida, dispuesta a ser descubierta sin prisas y molestias. A partir de ese momento la ciudad, sus puentes y canales quedan a entera disposición de los trípodes que quieran pasear bajo la luz de la luna.
Y un paseo por la tranquila noche veneciana permite descubrir luces y sombras, rincones iluminados, ventanas solitarias y canales que se pierden en la oscuridad.